Más allá del protocolo

Hay días que marcan la diferencia. Días que son fruto de mucha preparación para no dejar nada al azar. Días en los que todo, hasta lo más cotidiano, cobra una dimensión diferente. Días que comienzan mucho antes del momento preciso en que todo cambiará para siempre. Comienzan en casa de él, con mamá sugiriendo que te pongas el traje que no conviene que llegues tarde, mientras tu padre te dice que tranquilo queda tiempo de sobra. Comienzan al mismo tiempo con la sonrisa de ella cuando ve colgado el vestido, junto a un velo estirado y esos zapatos que, unas horas quizás piense que no eran tan cómodos. En ambas casas, junto al ramo, los anillos, las arras, los detalles para los invitados, entre otras muchas detalles, acompañan los nervios, la preocupación porque todo salga bien, la ilusión, la emoción, la expectativa. En la mente de cada uno, mil preguntas: ¿irá todo bien? ¿llegaré demasiado tarde? ¿como estará ella? ¿como estará él? ¿le gustará el vestido? ¿y la decoración de la iglesia, será la adecuada? ¿estará también nervioso (o nerviosa) como yo?

Esas dudas se disipan pronto, en la iglesia, por el pasillo, en el altar, no hacen faltan las palabras: las miradas, las sonrisas, unas manos que se entrelazan se encargan de responder sin necesidad de palabras. La única respuesta necesaria será un ‘Sí, quiero’ a tí y para siempre, sin importar las circunstancias. Eso es lo único que importa. Fotos con los padres de ella, de él, todos juntos, los amigos (los del colegio, los del trabajo, los de siempre, ¿dónde están los de siempre? Esos siempre tienen algo en mente con la medida de algún que otro kilo de arroz o el sonido de cañones de confeti, si no lo hacen ellos ¿quién?). Y sí, al final por fin solos, es el momento de dejarnos llevar por la emoción del momento, dejar los nervios a un lado y deleitarme en tu mirada, sí la de ahora, la de siempre. Me refugio en tu regazo por un momento. O en tus labios. No te vayas nunca de mi lado, ni dejes de abrazarme. Así por un buen rato. ¡Qué remedio! Volvamos al ruido que nos esperan lo que nos quieren.

Levantemos esas copas que se aman y esto hay que celebrarlo. Hablar con unos, un selfie con otros, un brindis, a ver si los nervios nos dejan comer. Entre unos y otros, llega el momento de cortar la tarta, mira qué muñequitos tan graciosos, música romántica que pone banda sonora al juego de siempre, tu me manchas la nariz y yo no pienso quedar quieto. Bailemos, olvidémonos del mundo durante estos tres minutos. Suspiro. Cambia el tempo. Sube el volumen. Vamos a pasarlo bien que la noche es joven, y nosotros tenemos toda una vida por delante juntos.

Con naturalidad, romanticismo y delicadeza, intentando captar la emoción y la verdad de este día que marcará la diferencia, contando la historia de un momento único, esta es mi visión de la fotografía de boda. Al fin y al cabo, es una forma más de vivir la pasión que tengo por la vida y ¿qué sería de la vida sin el amor?

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